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MACONDO

Cita 004.

El movimiento de masas

Thomas Merton.

El movimiento de masas explota fácilmente el descontento y la frustración de amplios sectores de la población que por una razón u otra no pueden hacer frente a la responsabilidad de ser personas y no son capaces de mantenerse en pie por sí mismos. Pero ofrézcase a esas personas un movimiento al que unirse, una causa que defender, y llegarán a cualquier extremo, no se detendrán ante ningún crimen, intoxicadas como están por consignas que les proporcionan un sentimiento pseudorreligioso de trascender sus propias limitaciones. El miembro de un movimiento de masas, asustado por su propio aislamiento y debilidad como individuo, no puede hacer frente a la tarea de descubrir en su interior el poder espiritual y la integridad que sólo mediante el amor se puede suscitar. En su lugar, busca un movimiento que proteja su debilidad con un muro de anonimato y justifique sus actos por la sanción de la gloria y el poder colectivos. Tanto mejor si esto se hace mediante el odio, pues el odio es siempre más fácil y menos sutil que el amor. No tiene que respetar la realidad, como hace el amor. No tiene que tener en cuenta los casos individuales. Sus soluciones son simples y fáciles. Toma sus decisiones por el simple vistazo a una cara, el color de una piel, un uniforme. Identifica al enemigo por un acento, un giro extraño en el habla, una apelación a conceptos difíciles de entender. Y entonces el fanático sabe qué hacer. Ahí hay algo desconocido. Ése no es de los "nuestros". Ése debe ser llamado al orden, o destruido.

Aquí está la gran tentación de la época moderna, esta infección universal de fanatismo, esta plaga de intolerancia, prejuicios y odio que brotan de la naturaleza tullida del ser humano que tiene miedo del amor y no se atreve a ser persona. Es sobre todo contra esta tentación contra lo que el cristiano debe trabajar con una paciencia y un amor inagotables, en silencio, tal vez con repetidos fracasos, tratando incansablemente de restaurar, siempre que pueda, y en primer lugar en sí mismo, la capacidad de amar y de comprender que hace del ser humano la imagen viva de Dios.
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