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MACONDO

Artículo en La Verdad de Alicante.

'El Quijote' en la escuela. JOSÉ PERONA
Domingo, 26 de septiembre de 2004

Dice la prensa que el libro de Cervantes va a ser materia de lectura y comentario en las escuelas españolas durante el año de su cuarto centenario. También que algunos centenares de escuelas e institutos van a llevar a los alumnos por las rutas de Don Quijote y Sancho.

¡Qué error! ¡Qué inmenso error! Todo el aprendizaje cognitivo y significativo, todo el montaje comunicativo, todos los procedimientos y actitudes de los últimos veinte años, todos los trabajos sobre la Gestalt del entonno arramblados por esa insensata lectura de un libro, por lo demás, manchego, ajeno a las reivindicaciones nacionalistas.

¡Qué torpeza proponer a los alumnos de la Play Station y de los lenguajes SMS una lectura española del humanismo! ¡Qué locura proponer la lectura en alta voz de esa lengua de comienzos del seiscientos capaz de todas las finuras, de todos los matices! ¡Qué ridículo leer ese minucioso modo de narrar una batalla, de recrearse en la calma de los diálogos renacentistas, de plantear la existencia de los múltiples modos de ver la realidad y los libros! ¡Qué patético ese recuerdo de una forma espléndida de escribir! ¡Qué reaccionaria esa forma de vivir! ¡Qué antiguo ese discurso de las armas y de las letras! ¡Qué despropósito esa manera de resumir una tradición!

¡Qué afrenta al multiculturalismo ese mamotreto de rancio españolismo escrito desde La Mancha profunda contra la diversidad de las Españas! ¡Qué pesadez tener que mirar varias veces el diccionario en cada párrafo, en cada página, en cada capítulo! ¡Qué aburrido! ¡Qué tostón!

Dicen que, a veces, alea en sus páginas una sonrisa culta y cansada, una sosegada actitud ante la vida, una ternura por el personaje o por los personajes. Pero, ¿quién comprenderá las metáforas, las metonimias, el sarcasmo, las referencias precisas o encubiertas si se ha conseguido eliminar el poso del humanismo que lo recorre de principio a fin? ¿Quién entenderá la larga presencia de Erasmo, quién acompañará con risas la risa, con lágrimas el llanto, con mesura el ordenado flujo de los diálogos?

¿Quién la bajada a la cueva de Montesinos, quién a Maritornes y a Clavileño, quién al Caballero de los Espejos o al de la Triste Figura? ¿Qué es eso del engaño a los ojos? ¿Qué es ese juego de refranes? ¿Quién leerá como Dios manda esos párrafos de quince, veinte o treinta líneas sin un verbo, ahora que todo es sujeto, verbo, complemento? ¿Qué es eso de un castillo en el apogeo de las casas rurales? ¿Qué es eso de la orden de caballería? ¿Qué es eso de tener ideales con la que está cayendo?

¿Cómo a estas alturas pretender que exista un tiempo largo, silencioso y lento para el aprender leyendo y releyendo? ¿Qué es eso del Renacimiento? ¿Cui prodest? ¿Qué es ese juego estúpido de los nombres de los capítulos? ¿Qué antigualla es esa?

Repito. ¡Qué error! ¡Qué inmenso error! Habría que encerrar el cadáver del Quijote bajo siete llaves. Máxime si sabemos que el autor era un judío converso que se atrevió, en el colmo de la desfachatez, a negarse al matrimonio de las civilizaciones y a militar en una batalla infame contra la flota turca que quería, aunque alguien lo dude, profundizar en los principios del humanismo europeo. Como todo el mundo sabe, gracias a Lepanto la Europa cristiana se hundió en una aventura intelectual de cuatro siglos de oscurantismo frente al Humanismo turco.

Repito. En este mundo multicultural, rápido, posmoderno, es un error promover en las escuelas la lectura y el comentario de El Quijote. En nombre de los sagrados principios comunicativos, creo que esta elección es un error. Un retroceso epistemológico. ¿A quién se le habrá ocurrido promover una lectura de semanas y de meses en estos tiempos de la gozosa oralidad? ¿Quién librará a los alumnos de las depresiones promovidas por una larga exposición a la lectura y a su meditación? ¿Y si, todavía jóvenes, perpetran la nefasta manía de pensar? ¿Y si se acostumbran a leer a los clásicos? ¿Y si disfrutan con su lectura?

Máxime ahora que los planes de Bolonia, con la impagable ayuda del Ministerio de Educación y Ciencia de España y sus voceros posmodernos, de éste y del anterior y del que venga, han decidido suprimir la carrera de Filología Española de los planes del futuro. Total, ¿para qué dedicar una carrera a una lengua hablada por 400 millones de personas?

Por todo ello, propongo que se retire de las aulas la lectura del Quijote, ajeno a los itinerarios educativos, contrario al currículum de los centros, enemigo del conocimiento de los bables y fablas, ayuno del conocimiento del entorno, falto del espíritu de la multiculturalidad. Cargado, en fin, de mil y una frases de sosiego y de humanismo. Y, por si fuera poco, aunque ustedes no lo quieran ver, es una vuelta de tuerca del centralismo españolista. Y de su lengua.
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