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MACONDO

Recensión, 001.- 04.

Javier Marías, Todas las almas.
Círculo de Lectores, 2003, p. 90.

Este hijo es muy querido por su madre y por mí, creo yo (para su madre será una deidad transitoria sentenciada a dejar de serlo), pero resulta obsesivo, como supongo que lo resultan todos en sus primeros meses, y hay veces en las que no desearía que desapareciera —no es eso en modo alguno, sería lo último, enloqueceríamos—, pero sí retornar a la situación de ser sin hijos, de ser un hombre sin prolongación, de poder encarnar siempre y sin mezcla la figura filial o fraterna, las verdaderas, las únicas a las que estamos acostumbrados, las únicas en las que estamos o podemos estar instalados naturalmente desde el principio. El ejercicio de la figura paterna o materna es una atribución del tiempo, sin duda un deber del tiempo. Requiere adaptación, concentración, es algo que llega. Aún no comprendo que este niño esté aquí y esté permanentemente, anunciando su duración increíble que nos sobrevivirá, ni que yo sea su padre.

[El protagonista, pensando en su hijo actual].
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